miércoles, 23 de septiembre de 2009


¡Y cómo llueve!

Apenas comenzado el otoño estos chaparrones nos arrancan del verano, del largo y cálido verano, tan cercano en el recuerdo y ya alejado por las tareas actuales.

Me gustan las tormentas, desde niña, ese olor a tierra mojada, el primer escalofrío unido al recuerdo de los zapatos nuevos,
las amistades, los libros y las experiencias por estrenar. Pero mi fenómeno atmosférico preferido fué, sin duda, durante toda mi infancia, .... la nieve.
En Madrid nevaba intensamente al menos tres veces durante el invierno y tres veces tenía que quedarme en casa con el placer de la vacación inesperada. Al despertarme en la oscuridad del cuarto ya notaba el resplandor de la calle y al asomarme, me deslumbraban aún más los tejados cubiertos, blancos, intactos.

-No se puede ir al colegio- decretaba mi madre. Y así obtenía el repentino permiso de quedarme enrollada en una manta mirando por la ventana, contemplando el pacífico espectáculo y saboreando el tiempo.

Ese es mi recuerdo del paisaje
nevado del barrio de mi infancia contemplado desde la calidez de mi cuarto, y con el placer de dejar pasar las horas, de súbito, desocupadas.