martes, 11 de mayo de 2010

Por los aires

Pedro era un chico de once años que estaba loco por los petardos del tipo "TNT" que no estaban aconsejados para niños de su edad.
Sin embargo había conseguido que su hermano mayor se los comprara y cuando su padre vió lo que tenía, le dijo:

-Te va a explotar en la mano- Pero el chico seguía a su bola, fue a su madre y le insistió:
- ¿Dáme otro petardo? .
- ¿Y si te explota?- le contestó la madre.
- No tengo miedo.

Entonces sin hacer caso se fue directo a la caja, cogió un petardo y prendió la mecha. Su padre que se dió cuenta le regañó, y el chico se paralizó, y no se dió cuenta de que estaba a punto de explotar.
El estallido alertó a todos a su alrededor pero ya era tarde.
Pedrito tenía la mano ensangrentada y lloraba.

En seguida su padre llamó a una ambulancia, se lo llevaron al hospital y los médicos le anestesiaron. Y mientras, afuera, sus padres estaban discutiendo por culpa del chico:

- ¿ Por qué le has dado ese petardo?- dijo el padre.
- Porque me lo ha pedido ¿porque tiene que tirar petardos, que es un niño?- contestó ella.
- Sí pero no de ese tamaño tan grande, tendría que tirar los suyos, los chinitos -dijo él.
- Sí hombre, esos son de cobardes - concluyó ella.

Pero cuando entraron otra vez al hospital a ver a su hijo. El médico les llamó a parte y les dijo:

- Señora, tengo que comunicarle una mala noticia: "Su hijo ha perdido dos dedos de la mano izquierda".
- No - gritó la madre desesperada.
-¿Doctor? qué dedos son- preguntó el padre muy asustado.
- Ha perdido el índice y el dedo corazón: -contestó el médico.
- !No puede ser!- respondió la madre.
- Doctor, podemos verlo.- preguntó el padre.
- Sí .

Cuando los padres del chico entraron en la habitación y lo vieron tumbado en la camilla con la mano izquierda vendada, la madre se desmayó.

El niño y su madre se despertaron al mismo tiempo y se miraron en silencio durante largo tiempo. Ninguno dijo nada y siguieron así para siempre. No hablaron nunca más.

La fallera ardiente

Mis amigos y yo estábamos en el casal. Todos iban vestidos de falleros excepto mi mejor amigo y yo que no teníamos ni dinero ni ganas de comprarnos aquellos fastuosos trajecitos... Amparito, mi amiga estaba muy contenta con su nuevo vestido rojo y oro, que, la pobre parecía más un torero que una fallera de honor, y presumía delante de todos.

-¡Por fin puedo estrenar uno propio después de tantos años! - proclamaba a quien quisiera oírla dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
-Pues ahora, cuídalo que no se te rompa que te tiene que durar unos cuantos años más - Le lanzó Daniel con una sonrisa maligna.
La creída fallera le pegó una colleja y le dijo:

- ¡Cállate, que con lo cenizo que eres!...
Y se marchó junto a su padre que estaba cocinando una paella con leña en medio de la calle. Nosotros nos quedamos mirando la falla con disimulado desprecio en lo que yo le comenté:
- ¡Por lo que se ve este año no tenían mucho presupuesto!... - expresé con
fingida desilusión ya que me alegraba de que no fuera una gran falla como otros años. Unos niños algo puñeteros se pusieron a tirar incómodos petardos dónde estábamos nosotros. Dani empezó a poner su típica cara de agobio y me dijo al oído:
-¡Sácame de aquí o no respondo de mis actos! Nos fuimos un poco lejos de aquella aglomeración de festeros excitados y observábamos a la ostentosa fallera divirtiéndose con todo el mundo sacándose una foto tras otra, al lado de su padre que bebía un copioso vaso de wisky y ya iba algo bebido.
Los gamberretes tiraron un petardo de gran calibre justo a los pies del señor que se asustó y arrojó sin querer se le cayó el wisky en el fuego, la llama se avivó y entró en contacto con el vestido de seda de su hija.
Ella empezó a gritar:

-¡Apágalo, apágalo!

El padre borracho como estaba tropezó y tiró el resto del vaso sobre la ardiente fallera, que corría y corría hasta que se acercó tanto a la traca que se prendió; llegó al lado de la falla y presa del pánico huyó hasta que sin darse cuenta llegó junto al pequeño montón de muñecos, que al momento empezaron a arder con la fallera dentro, saltando porque se le quemaban los pies.

A lo lejos estábamos Daniel y yo observando con la boca abierta, aquel circo, aquella cremá inesperada que se había montado en tan pocos segundos.

Y mientras mi amigo se reía las llamas le iluminaban la cara, Amparito puso cara de felicidad y le cayó una lagrimita. Todos exclamamos:
- Oh!


El público se quedó absorto con el espéctaculo y cayó en trance hasta que la fallera se convirtió en cenizas.

-¡Ahora sí que es una falla con presupuesto!- remató irónicamente el perverso Dani.



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