Todo comenzó cuando los falleros y falleras de la falla Industria-Santos Justo y Pastor nos vestimos con el traje regional valenciano para ir a hacer la ofrenda a la Virgen de los Desamparados. Íbamos con una gran satisfacción ya que este desfile es algo hermoso y nos llena de entusiasmo a todos y cada unos de los falleros.
Sin embargo aquel día el trayecto se me hacía interminable. Sin interrupción andábamos y andábamos, me empezaron a doler terriblemente los pies, notaba demasiado calor, el cuerpo me pesaba cada vez más y más, sentía que el mundo se me caía encima cuando de pronto encontré un atajo, sin dudarlo seguí el camino que sorprendentemente terminaba en mi casa.
-¿Pero que hacía allí?-pensé. No se cómo pero me sentía llena de energía, comencé a ordenar mis cosas, no podía parar de limpiar, cuando de repente escuché que mi padre rebuscaba entre las llaves.
-¿Cómo podía ser si mi padre ya no conducía?-pensé y me volví hacia él. Efectivamente allí estaba y charlamos un ratito de nuestras cosas, de hecho hacía mucho tiempo que no podíamos a causa de su odiosa enfermedad! …
De pronto, una luz brillante me cegó, una música ensordecedora atronó mis oídos, pero el colmo fué contemplar aquella montaña de colores deslumbrantes y chillones, me asusté tanto que pegué un grito descomunal y estallé en llantos.
-Helena, pídele un deseo a la Virgen corre- me urgía mi amiga Carolina.
Como una autómata le entregé mi ramo de flores a un hombre, mientras le daba las gracias a la virgen por el deseo que acababa de concederme: volver a hablar con mi padre, deseo que ambas sabíamos que era muy difícil.
Cuando salimos de la plaza Carolina me preguntó:
-¿Qué te ha pasado?
-No lo sé, dímelo tú- le contesté todavía trastornada.
-Se que es imposible pero parecía que te habías quedado dormida.
Dormida no, sino viendo que la Virgen me concedía lo que más deseaba.
domingo, 2 de mayo de 2010
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