lunes, 28 de septiembre de 2009

Párrafo medio

De Luis Rojas Marcos.

Durante la infancia y parte de la adolescencia mi adaptación al mundo que me tocó vivir fué bastante turbulenta. La hiperactividad, la curiosidad insaciable, la intolerancia al aburrimiento, la atracción por aventuras de intensidad elevada y el hecho de que podía resistirme a cualquier cosa menos a una tentación me conducían con regularidad a travesuras y situaciones arriesgadas que preocupaban a mis padres y maestros y ponían a prueba su paciencia.

Recuerdo, por ejemplo, que con ocho años me gustaba participar en carreras de bicicletas sin frenos, y nadar en el mar bastante más lejos de lo que me permitían mis fuerzas y posibilidades de volver a la playa.

Si bien era un muchacho sociable y alegre, cualidades que facilitaban las relaciones de amistad, con frecuencia mis arrebatos indignaban a mis mejores amigos.

Entre los nueve y los once años, después de haber cometido una barrabasada, me asaltaba interiormente la pregunta: “Y quién demonios soy yo?”. Entonces, desfilaban por mi cabeza los calificativos que los adultos más queridos solían utilizar para describirme: “es un niño muy travieso”, “un diablillo”, “no para quieto”, “Más malo que la quina”, “siempre enredando”, “un rabo de lagartija”.

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