- ¿Pero qué...? ¿A dónde ha ido? ¿Dónde está? ¡Oh no, lo he perdido! ¿Qué es ese estruendo? ¡Maldito despertador..! - Era hora de ir al instituto.
Vi a lo lejos a mi novio Álex que se me acercaba. Noté en su cara que estaba preocupado por algo y es que un año y medio de relación comenzaba a dar su fruto.
-¿Qué te pasa?-le pregunté.
-Ayer por la noche discutí con mi padre- agachó la cabeza apenado e hizo un gesto de seriedad- fui muy cabezota pero no sabía nada de la situación en la que se encontraba.
Y continuó arrepentido:
- Le pedí diez euros para pasar el fin de semana. Al negármelos me enfadé, me dijo que no tenía dinero pero como yo le insistí tanto.. comenzamos a discutir a gritos.
-¿Te ha castigado?-. Musité..
- No. Me fui a dar una vuelta yo solo para despejarme y cuando volví a casa mi madre me aclaró que a mi padre le habían echado de la fábrica.
Hice un gesto de sorpresa ya que Félix siempre había sido un hombre trabajador, fuerte y bondadoso con sus compañeros de empresa y también con su jefe.
Me fastidiaba ver a Álex tan hundido, pues normalmente sonreía mucho y su vida estaba basada en una fiesta constante. Por ayudarle se me pasaban muchas ideas por la cabeza pero escogí una. Aunque no me terminaba de convencer mucho, se la dije:
-¿Y por qué no le haces un regalo de cumpleaños?, tengo entendido que es dentro de poco, ¿me equivoco?.
-Sara, no sé si me dará tiempo a ahorrar algo. Si mi cartera tiene telarañas de lo vacía que está.
Me hizo gracia su comentario una décima de segundo porque conocía bien lo que era estar sin un céntimo. Sin embargo estaba dispuesta a todo para conseguir un regalo decente para su padre y que de este modo le pidiera perdón de manera afectiva.
-¿Y si te presto yo el dinero? No tengo prisa, ya me lo devolverás- dije impulsivamente.
- Ya veremos. Primero tendré que mirar el regalo y preguntar cuánto cuesta. Se que estás preocupada por mí y que quieres hacer todo lo posible por ayudarme. ¡Lo siento! no debería haberte contado esto.
- No te preocupes. Al salir de clase iremos a casa a dejar las mochilas y quedaremos a las cinco en la puerta del garaje.
- Vale, me parece bien.
- Adiós - me despedí con una risa de satisfacción.
A la hora acordada, corrí a casa a dejar la mochila, le comenté rápidamente a mi madre la situación para que me dejara salir y lo entendió. Agarré una manzana del frutero y me largué sin coger las llaves ni el móvil. No había tiempo.
Cuando aterricé en la esquina de la calle, vi que Álex ya me estaba esperando.
-He cogido cinco euros para hacer una parada en algún sitio y descansar un poco.
-Yo sólo tengo unas monedas que me sobraron del otro día.
-No hace falta que te las gastes. Hoy, invito yo. -Le dije decidida.
Nos dirigimos hacia los centros comerciales más próximos. Fuimos en metro al centro de la ciudad y paramos diez minutos en la primera cafetería que encontramos para tomarnos un gofre con sirope de chocolate y una bola de helado de nata. Al subir pensé que podríamos encaminarnos a un callejón que nos llevaba directamente a un MN4 enormemente grande. Estaba preocupada porque Álex temía que nunca encontraríamos nada que le pudiera gustar a Félix.
- ¡No seas pesimista!-. Le animé con una sonrisa de oreja a oreja.
- Es que no se si encontraremos algo. Mi padre es mas raro que un perro verde. Además, no tengo mucho dinero. Más bien, nada.
- Verás como sí. Por el dinero no te preocupes, tengo algunas monedas en el bolsillo de lo que me ha sobrado antes.
En lo que Alex me hablaba, yo, como de costumbre, iba mirando al suelo.
Pasamos por delante de la puerta de un bar donde había un hombre colgando un cartel de menú. Justo en frente de la puerta, en el bordillo del bar, capté de refilón con la mirada un rectángulo amarillo, reluciente y limpio de cualquier pisada. Mi novio me seguía hablando sobre como podía conseguir algo de dinero. Tras pasar de largo reaccioné instantáneamente y le pregunté a Álex:
- ¿Eso era un billete de doscientos euros?
Se paró en seco y dío marcha atrás para comprobarlo. Lo cogió con sumo cuidado y cuando me lo enseñó y le dió la vuelta para comprobar la marca de agua, pudimos observar desilusionados que tan sólo se trataba de un folleto de propaganda.Un simple y mísero billete falso.
- Nos hubiera venido tan bien ese billete...-. Me dijo con decepción en su voz. - ¡Y pensar que creía en los golpes de suerte!.
- Lo sé pero nunca hay que perder la esperanza. La esperanza es lo último que se pierde.
Quise animarle pero dado que era tan cabezota, me resultaba imposible.
Pasábamos por delante de una peluquería china cuando al lado descubrimos a un mendigo que yacía junto a un cesto hecho de hojas secas de palmera, colocado exprsamente para que le echasen monedas.
Vestía con harapos sucios y medio rotos. Tenía pinta de llevar un número considerable de años en la calle. Sus manos estaban sucias y cuarteadas, las astilladas uñas eran de color carbón. El pobre construía bicicletas de alambre de colores y con la mitad del poco dinero que sacaba de ellas, debía comprar el material. Cortaba el fino metal con sus propios dientes y les daba con sus dedos la costosa forma de bicicleta, más grande o más pequeña.
Gritaba a pleno pulmón que era la 'Bicicleta de la buena suerte'. Tuve la gran idea de comprar una de ellas como regalo para su padre, así al menos no volveríamos a casa con las manos vacías.
- ¡Pues yo creo que es una tontería! Un engañabobos - Me dijo Alex medio refunfuñando.
- Puede que no tengamos dinero suficiente para comprar un lujo pero si compramos esto, al menos algo es algo. ¡Venga!. A lo mejor la bici le da suerte de verdad y encuentra trabajo pronto -Le dije esbozando una amplia sonrisa.
- ¡Haz lo que quieras Sara!- Dijo .- Pero creo que todo esto es una pérdida de tiempo.
Noté que se enfadó.
Nos acercamos al mendigo y le pregunté cuánto valía la figurita de alambre más pequeña:
- Dos euros y medio - Nos dijo. Nos escarbamos los bolsillos y entre los dos conseguimos reunir las monedas
- ¡Vaya, tenemos el dinero justo! ¡Menos mal!-Me alegré , pero mi novio seguía igual de cabezota. Por otra parte, no sabía bien que hacer para que creyera en la poca esperanza que me quedaba.
Dudaba si comprarla. Me decidí:
- ¡Vale!, dame una pequeña.
Pagamos la bicicleta y nos dirigimos a casa mientras la sostenía con el máximo cuidado posible.
Fue tal mi delicadeza al cogerla que me quedé quieta mirándola y entonces una masa de gente que se acercaban corriendo a un concierto de Alejandro Sanz que se celebraba en la plaza de toros, empujó a Alex y lo separó de mí. Nos perdimos el uno del otro. Entonces alguien me empujó por detrás de forma y manera que la figurita cayó al suelo y la ví desaparecer entre los pies de la abalancha. Temí por ella.
Busqué con la mirada a mi novio desesperadamente. Pensé que tal vez se había enfadado y se había ido.
Cuando se disipó el gentío, logré localizarlo aguardándome apoyado en una valla amarilla que hacía publicidad de una marca de cerveza. Tiré a andar dando a suponer que ya no encontraría la bicicleta cuando de repente la ví. Tenía una rueda desprendida y pisoteada. El color de los alambrillos se había quitado casi por completo y el manillar estaba prácticamente torcido. Más bien, aquello se había convertido en un nudo de alambres. No se terminaba de apreciar la forma.
¡Si la viera Alex! Estaba segura de que si veía el estado en el que había quedado la bici, se enfadaría mucho más.
Me agaché a cogerla... ¿Qué es eso? Había un papel plegadito en la bicicleta. Lo desplegué.
- ¡Increíble!¡Un billete de 500 €!- Brinqué de la alegría.
- ¡Alex, Alex! - Le llamé. - Mira Alex, con esto sí que podremos comprarle el regalo a tu padre.
- ¡Oh vaya!¡Un verdadero billete de 500!
Era un momento sobrenatural, al menos desde nuestro punto de vista, y es que no nos imaginábamos ninguno de los dos como podía haber llegado hasta allí semejante cantidad de dinero y a quien se le podría haber caído. Parecía que alguien lo hubiera introducido milagrosamente entre los finos alambres.
Le dí a Alex el dinero para que lo guardase en su bolsillo y entramos en una tienda de antigüedades de camino a casa. Dentro de ella vimos el regalo perfecto una perfecta pluma con un tintero del Valencia. Era preciosa. La compramos sin dudarlo.
Por supuesto, no nos olvidamos de Ángel, el vagabundo que nos vendió el amuleto. Mientras yo le invitaba a una docena de bocadillos de los que venden en el Mercadona acompañados de cinco botellas de agua, Alex se empeñaba en buscar carteles de trabajo para nuestro salvador. Cuando acudió a la puerta de entrada nos informó:
- Sara, he encontrado un cartel de 'Se necesita camarero con urgencia, proporcionamos uniforme, estancia en hotel y cubrimos con todos los gastos del equipaje'
- ¿Uniforme, hotel, equipaje? - Dijo Ángel sorprendido.
- Sí. Parece que se trata de un trabajo de azafato. Sólo tienes que llamar a este número de teléfono y acudir donde te digan.
- Llamaré con las pocas monedas que gano. A día de hoy, necesito este trabajo.
Nos despedimos del pobre hombre y nos dirigimos a casa.
- Gracias por todo - me dijo Alex. - No sé que habría hecho sin ti.
- No tiene importancia- Me sonrojé. Me abrazó y me dijo que me quería. Se despidió de mí y me besó.
Alex por fin consiguió hacer las paces con Félix, cosa que me alegró bastante. Le prometió que jamás se volvería a repetir algo así.
Con todo lo que nos sobró del dinero, lo repartimos entre los dos, invitamos a nuestras familias a comer en un bar para que se conocieran. El resto, lo donamos a una ONG que ayuda a personas sin hogar, como nuestro amigo.
¡Gracias a él había cambiado nuestra suerte! No le volvimos a ver.
Sin embargo al mes siguiente, Álex recibió un curioso correo electrónico:
-'Hola chicos, quería daros una vez más las gracias por ayudarme el mes pasado. De verdad que fuísteis muy generosos; poca gente se acuerda de mi cuando les vendo una bicicleta. Espero que hayáis entendido por fín que vuestro gran corazón ha sido la razón de vuestra suerte.
Sigo volando por el mundo. Hoy en Tailandia, mañana en Canadá..! Pero lo que nunca cambio es mi oficio de fabricante de bicicletas de la fortuna.
¡Mantener la buena suerte es cuestión de bondad! Ya sabéis como...
Un Ángel'.

Han pasado los años.
Alex y yo aun conservamos el valioso juguete posado en el aparador de nuestra casa. Nuestros hijos nos piden a menudo que les contemos una y otra vez aquella maravillosa história de la bicicleta.
Bicicleta que el hombre nos pintó y arregló de nuevo.
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