martes, 11 de mayo de 2010

La fallera ardiente

Mis amigos y yo estábamos en el casal. Todos iban vestidos de falleros excepto mi mejor amigo y yo que no teníamos ni dinero ni ganas de comprarnos aquellos fastuosos trajecitos... Amparito, mi amiga estaba muy contenta con su nuevo vestido rojo y oro, que, la pobre parecía más un torero que una fallera de honor, y presumía delante de todos.

-¡Por fin puedo estrenar uno propio después de tantos años! - proclamaba a quien quisiera oírla dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
-Pues ahora, cuídalo que no se te rompa que te tiene que durar unos cuantos años más - Le lanzó Daniel con una sonrisa maligna.
La creída fallera le pegó una colleja y le dijo:

- ¡Cállate, que con lo cenizo que eres!...
Y se marchó junto a su padre que estaba cocinando una paella con leña en medio de la calle. Nosotros nos quedamos mirando la falla con disimulado desprecio en lo que yo le comenté:
- ¡Por lo que se ve este año no tenían mucho presupuesto!... - expresé con
fingida desilusión ya que me alegraba de que no fuera una gran falla como otros años. Unos niños algo puñeteros se pusieron a tirar incómodos petardos dónde estábamos nosotros. Dani empezó a poner su típica cara de agobio y me dijo al oído:
-¡Sácame de aquí o no respondo de mis actos! Nos fuimos un poco lejos de aquella aglomeración de festeros excitados y observábamos a la ostentosa fallera divirtiéndose con todo el mundo sacándose una foto tras otra, al lado de su padre que bebía un copioso vaso de wisky y ya iba algo bebido.
Los gamberretes tiraron un petardo de gran calibre justo a los pies del señor que se asustó y arrojó sin querer se le cayó el wisky en el fuego, la llama se avivó y entró en contacto con el vestido de seda de su hija.
Ella empezó a gritar:

-¡Apágalo, apágalo!

El padre borracho como estaba tropezó y tiró el resto del vaso sobre la ardiente fallera, que corría y corría hasta que se acercó tanto a la traca que se prendió; llegó al lado de la falla y presa del pánico huyó hasta que sin darse cuenta llegó junto al pequeño montón de muñecos, que al momento empezaron a arder con la fallera dentro, saltando porque se le quemaban los pies.

A lo lejos estábamos Daniel y yo observando con la boca abierta, aquel circo, aquella cremá inesperada que se había montado en tan pocos segundos.

Y mientras mi amigo se reía las llamas le iluminaban la cara, Amparito puso cara de felicidad y le cayó una lagrimita. Todos exclamamos:
- Oh!


El público se quedó absorto con el espéctaculo y cayó en trance hasta que la fallera se convirtió en cenizas.

-¡Ahora sí que es una falla con presupuesto!- remató irónicamente el perverso Dani.



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